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Muchos esperaban con avidez la grabación
de las canciones instrumentales de la Escala diatónico-chromático-enharmónica
(1751) de Antonio Rodríguez de Hita. No en vano se trata
de uno de los raros ejemplos conservados de música instrumental
de uso religioso del siglo XVIII español..
Antonio Rodríguez de Hita (1722-1787) constituye una las
mayores personalidades de la música española la segunda
mitad del Setecientos: organista y maestro de capilla de la iglesia
magistral de Alcalá desde su adolescencia, ganó, en
1744, las oposiciones al magisterio de capilla de la catedral de
Palencia, cargo que ocupó durante más de veinte años.
Desde 1765 hasta su muerte en 1787, ocupó el mismo puesto
en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid, una de
las instituciones más prestigiosas del reino. Con el dramaturgo
Ramón de la Cruz protagonizó la renovación
de la zarzuela en la segunda mitad del siglo XVIII, especialmente
con Las segadoras de Vallecas (1768) y Las labradoras
de Murcia (1769) que definieron para las décadas siguientes
el género cómico y costumbrista, deudor obviamente
de la opera buffa. Pese a todo, la mayor parte de la producción
de Rodríguez de Hita -unas 250 obras- es religiosa.
De la época palentina data la colección instrumental
conocida como Libro para las chirimías. Se trata de
un ciclo de piezas breves ordenadas por tonalidades y modos, destinadas
a un máximo de cinco solistas instrumentales -dos oboes,
alto y dos trompas-, además del bajo. Rodríguez de
Hita escribió este repertorio como música funcional,
para las necesidades cultuales de la catedral de Palencia. Según
reza el propio título y se especifica en el apéndice,
estas canciones fueron escritas para las procesiones, misas e intervalos
instrumentales de las festividades religiosas de la catedral de
Palencia, y muy particularmente las celebraciones del Corpus.
El programa seleccionado para la grabación posee una variedad
y belleza excepcionales (basta con escuchar la Canción
7ª - Despacio cantable o la soberbia fuga de Canción
4ª en IV tono). Resalta la transparencia y relieve de las
líneas derivada de la disposición para solistas y,
como es habitual en Lauda, la impecable toma de sonido de Markus
Heiland. Los siete intérpretes -solistas de las mejores orquestas
barrocas del momento- hacen gala de su excelencia técnica
y de un gusto exquisito, con tiempos y dinámica muy cuidados.
Nos hallamos ante una primera grabación mundial con instrumentos
originales, que tiene el valor añadido de una magnífica
presentación y notas esclarecedoras escritas por el mayor
experto en la materia. Esta grabación logra, al fin, reivindicar
el valor de esta fascinante colección instrumental, incomprensiblemente
postergada, y rendir también un merecido homenaje a uno de
los más valiosos e innovadores talentos musicales del siglo
XVIII en España.
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